"-Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieresque un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. o, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganarrecordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo lowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural detelevisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trata de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado ¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubs las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo"."Fahrenheit 451", de Ray Bradbury.
Hubo una ocasión en la que las ovejas se reunieron en un cónclave sumarísimo. Los continuos ataques de los lobos a las que habían sido sometidas las habían indignado. Como una muestra de su estado de ánimo se repetían en aquella reunión las voces exaltadas. No era para menos. Durante las pasadas jornadas ya habían sido digeridas varias de sus congéneres, un tercio aproximado del rebaño, y todo ello ante la pasividad del perro guardián. Las supervivientes clamaban por una solución a tanto atropello. Ese era el tema único y central.
Tras propuestas, contrapropuestas y múltiples opciones, pronto presentadas y aún antes desdeñadas, se obtuvo una conclusión por unanimidad: se hacía preciso contratar los servicios expertos de otros tres perros más. Con semejante refuerzo pocos depredadores rondarían al rebaño, ni mucho menos se internarían en él en busca de alimento.
Una vez tomada la decisión su puesta en práctica no revistió una menor celeridad.
No se puede negar que las cosas cambiaron para mejor. Ningún lobo osaba acercarse al rebaño. Si alguno más atrevido que sus compañeros, o quizás menos juicioso, cruzaba la línea imaginaria la respuesta rápida consistía en unas fauces babeantes decoradas con un gruñido nada amistoso. Al punto el lobo reconsideraba la situación y su actitud. El sopesar su hambre canina por un lado y las señales amenazadoras por otra le suponía muy poco tiempo. Una cosa era el ansia por alimentarse que le azuzaba y otra muy distinta perder gran parte de la propia integridad física. Así que acababa deponiendo su actitud, daba media vuelta y se volvía por donde había venido, la cola colgando en una pose nada impresionante.
En un principio todo continuaba de la forma prevista. Se repetía algún que otro intento por cobrar alguna presa, pero cada vez más espaciado. Con la seguridad de que la propia integridad se encontraba resguardada los días seguían transcurriendo de la mañana a la noche.
Sin embargo poco a poco las cosas fueron a más. Cuando una oveja se separaba un tanto de sus compañeras, en busca de pasto más jugoso, era conminada a regresar al seno del grupo. Cuestiones de seguridad motivaban esta orden. Las primeras veces la indicación consistía en unos ladridos secos mas aún amistosos, denotando cierta preocupación profesional. En otras ocasiones a la acción la rodeaban unos tintes más contundentes: sólo pequeños empellones, más profesionales y menos cariñosos. No se tardó mucho en pasar a las fauces babeantes, decoradas con un gruñido nada amistoso.
La situación llegó a tal punto que de nuevo volvió a planear sobre el rebaño un sentimiento olvidado. Las ovejas comenzaban a sentir miedo de nuevo. No ya a los lobos que las pudieran atacar sino a los perros que las protegían. Fue necesario organizar otro cónclave sumarísimo, esta vez también con la participación de los perros. Hubo gritos, ladridos y gruñidos, con erizamiento del pelo de los lomos y de los vellones blancos. Las ovejas empezaron pidiendo y acabaron exigiendo, ante la terquedad de sus guardianes, una mayor libertad de movimientos. Los perros por su parte proporcionaban argumentos defendiendo lo contrario. Para ello se escudaban básicamente en el hecho de que la zona se encontraba infestada de lobos, prestos a devorarlas a la menor ocasión. Bajo esas condiciones la única manera de garantizar la seguridad era mantener esas medidas, con los inconvenientes aparejados.
Los ánimos se fueron encrespando poco a poco. Aquí y allá se producía un empellón. Algún perro, cegado por su profesionalidad, característica indiscutible si se ha de ser sincero, lanzaba un mordisco que otro a modo de advertencia. Las ovejas permanecían quietas, casi sumisas ante una violencia inevitable. En la medida de lo posible trataban de dar respuesta a esos ataques. Algunas de ellas incluso cedían, bajo la opinión de que lo principal era su propia vida. Y ya se sabe que para obtener algo, a veces, por lo habitual las más, hay que sacrificar algo a cambio.
La primera gota de sangre no tardó en brotar. El chillido resonó entre el guirigay de balidos y se dejó oír perfectamente a lo largo y ancho del pasto. Un balido profundísimo que hubiera deshecho el corazón de cualquiera que lo hubiera escuchado. Muchas jornadas habían pasado ya desde la última vez que algo tan lastimero se había extendido por aquellos andurriales. Justo el preludio de unos feroces gruñidos y de una rápida carrera en pos de la floresta.
La respuesta, la respuesta ya no fue la misma. Unas pocas levantaron un poco la cabeza, sólo un poquito, la hierba tierna aún en sus bocas. Otras ni siquiera lo hicieron, continuaron comiendo. Protegidas como se sentían no percibían amenaza alguna para ellas. Otras, las menos, alzaron del todo sus testas y dirigieron su vista hacia el origen de aquel sonido que habían esperado no volver a escuchar nunca más. Y lo que vieron les produjo tal horror que comprendieron el gran error cometido. Aunque como a menudo ocurre con los errores en que incurrimos ya era demasiado tarde.
Desde entonces ninguna se atrevió a moverse del grupo. Ninguna se apartó en busca de pastos mejores, a no ser que los perros dieran la orden oportuna, siempre para garantizar su seguridad. Tarde descubrían que al igual que los cerdos pueden llegar a ser hombres también los perros pueden acabar convirtiéndose en otra cosa no menos peor.
Bosco fecit.
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